Preferred Citation: Saenz, Jaime. Immanent Visitor: Selected Poems of Jaime Saenz, A Bilingual Edition. Berkeley:  University of California Press,  c2002 2002. http://ark.cdlib.org/ark:/13030/kt9m3nc9hd/


 
Aniversario de una visión (1960)


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Aniversario de una visión
(1960)

A la imagen que encendió unos perdidos y escondidos fuegos.



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figure

Saenz as a young man


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I

Lo flotante se pierde, y toda la vida se queda en la luz de la primavera que ha traído tu mirar
—y mientras perduras en el eco yo contemplo tu partida con el humo en pos del horizonte,
y la esperanza y la substancia transparente discurren a lo lejos:
vives la dulzura cuando piensa la hermosura con tristeza tu presencia,
y apareces de medio perfil
al tañido de unos instrumentos nocturnos, azules y dorados, que relumbran, que palpitan y que vuelan
en el hueco de mi corazón.
No me atrevo a mirarte por no quedarme dentro de ti, y no te alabo por que no pierdas la alegría
—con tu contemplación me contento y tú lo sabes y finges no mirarme
y sueles dar saltos exagerando con una divina profundidad,
como si estuvieras a caballo o en motocicleta
—tu extravagancia me asombra y me regocija, y es mi pan de cada día
—cuando llueve, de tus hombros salen gritos al girar de la cabeza,
y te acaricias las mejillas y das palmadas que resuenan en el agua en el viento y en la niebla
—¡cómo te amo me asombra!,
yo te echo de menos a tiempo de escucharte,
una música sepulcral se pierde en el olvido y mi muerte sale de ti,
a los músicos se les aparecen las imágenes amadas
cuando escuchas tú
—todo el tiempo, los músicos se alegran del silencio
cuando escuchas tú.

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II

Tu recorrido en las calles te separa de mí, de igual manera que el día y las calles de
por sí
—la ciudad es toda entera una araña que te guarda de mí,
y la luz te incomunica; te aparta, y me hace espiar lo bien que te vigila
—brilla tu júbilo en las esquinas,
a la hora de la desolación yo me pregunto si encontraré el alto azul profundo de tu vestimenta,
mi país,
el aire de tu voz al caer la tarde
—y me pregunto por qué renunciaría jubilosamente al júbilo que tú me causas.
Tu parecido a mi no se encuentra en ti, ni en mí, ni tampoco en mi parecido a ti
pero en alguna línea trazada al acaso y que el olvido hizo memorable
—y en el olor que se desprende de ciertos dibujos que nos hacen llorar
y que a la vez nos causan júbilo,
por ser un miedo al sabor de las evocaciones tu visión conmovedora,
aquel suave testimonio que la juventud dejó de su partida:
imagen escondida,
sabor de juventud a la espera de fundirse con la hora de la muerte que es tu
forma que camina con luz y con amor a lo largo de los días y las noches y
los años para lastimar mi corazón
—mi muerte se habrá llevado tu mirar porque sentía dentro de ti cuando la buscabas,
pues en ti se encubre y permanece;
déjame nombrarte su ropaje,
en ti se quedará la juventud.

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III

Tú exageras sin exagerar porque sabes que mis exageraciones hacen que exageres tú,
y mis exageraciones son invisibles a fin de que tus exageraciones, no solamente por causa de la edad sean visibles;
y de modo tan sutil, yo contribuyo mi grano de arena al descubrimiento de un remedio para el mal de amor
—mas, estoy solo y deslumbrado, y necesito socorro frente a este paroxismo de exageraciones, las que anuncian algún júbilo caótico
—y no sé si tú eres o si es el demonio quien me deslumbra y me hace ver lo que no se ve
y vivir una vida que no es vida ni es sueño, pero miedo, un miedo de soñar en lo que mi alma no conoce,
un milagro de dulzura y de verdad transformado en una broma cuando al vuelo de una mariposa prorrumpí en una queja
y buscando vida y sentido mis esfuerzos y penurias resultaron siendo un chiste
—pues yo no sabía que tuviésemos que fingir ser otros por ser los mismos;
y no somos como lo que somos ni tampoco parecemos ser lo que somos,
sino que tú y yo seremos, y también yo seré tú y tú serás yo,
tan solamente por medio del fingimiento
—y además, ahora he llegado a saber que el amor no es, sino lo que se oculta en el amor;
y para encontrarlo, yo tendré que traspasar lo que creo ser, o sea tú, y llegar a ser tú, o sea yo
(en realidad, tú eres porque yo pienso, y eres la verdadera realidad)
—y tú harás de la misma manera,
mas, no suspires, no vayas por acá ni por allá,
pero adonde se mira con fijeza y se suspira de verdad,
y donde un toro iracundo embiste al milagro

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que desbautizará para bautizar,
y que de verdad te nombrará—por dentro, y no por fuera.

IV

De haber milagro, no hay tal; y yo clamo por el olvido de la palabra, la unificación
de los reinos y la comunicación por medio de los ojos, el retorno al alma—
tú perecerás,
y nadie habrá visto tu alma, excepto yo;
y en cambio tú, ni siquiera me ves la cara, y mientras yo reconozco la tuya entre muchedumbres,
cuando no me reconoces crees tú que creo que soy una mosca, y que ignoro
que te conozco y creo que yo creo lo que tú;
pero, has de saber que si yo fuese en verdad una mosca, aunque me mirases yo no
sabría a quién miras tú, y te miraría sin sentir ni comprender el por qué
—y por tanto, si soy como nací, eso se debe al terror, del cual soy hijo; pues noera nada imposible nacer como mosca—y de ello no cabe duda, según se ve;
y luego, yo puedo clamar, como que clamo, y buscar remedio a un mal que a mí no me aqueja, pero a ti,
alguien que, al creer ser quien no es, me mira, y de tal suerte, como si yo fuera lo
que él siendo yo,
se mira a sí mismo, pero no a mí, desde que en realidad soy yo el que cree que él me mira,
cuando no me mira, por mirarlo yo:
es decir yo soy yo y tú eres tú y te miro y por eso creo que tú me miras, y tú no me miras pero crees que lo haces toda vez que tú me miras,
con la diferencia que yo no me miro a mí sino que creo hacerlo por mirarte a ti,
o sea que yo soy yo, y tú no eres tú sino yo;

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en una palabra: hay y no hay comunicación; y tú no existes, y yo dejo de existir al
ocuparme de ti, puesto que salgo de mí por que existas tú
—en conclusión, yo te digo que es éste el tono a emplearse cuando de penetrar en
las cuestiones de amor se trata—una cosa oscura,
para cuya explicación el tono apropiado tendrá que ser oscuro, pero no lúcido;
y yo digo que la sensatez tan solamente sirve para explicarse lo que es ella misma,
pues con el tono sensato, en realidad te has abismado en tu propia sensatez cuando crees haber logrado aclarar lo que querías;
oscuro, muy oscuro deberá de ser el tono, si se quiere hacer desencadenar lo que el amor oculta;
y habrá de ser muy grande la oscuridad del tono en la iluminación de mi despedida de ti,
cuando me encuentre un cuerpo sin cuerpo y sin ti, un aerolito por la falta de ti,
sin el silencio de tus ojos, sin la fantasía que iba a revelarme la forma de tus labios
y sin el viaje y la llegada del sueño y de la luz, que ya te envolvían para traerte por entero junto a mí
—¡quién sabe, con qué de gestos, con qué de volteretas yo hubiera saludado tu aparición encantadora!
—y mientras que te espero durante muchos años y me contengo de vivir
y te espero un minuto y vivo aprisa,
yo quisiera un eclipse de luna para ver cumplirse las ilusiones que me quedan de besarte,
no importaría con la mitad de un beso o sin un beso y en el trance de oscuridad o de luz
—y mis esperanzas, bajo tu mirar,
se volverían la verdadera vida que yo miro en el fondo de tus ojos.

V

A la vista del río, que lava de males a los habitantes y los mantiene despiertos,
y que socava la delgada corteza que sostiene a la ciudad debajo de la cual se oculta un gran abismo,
no me dirigiré a ti, por un momento y deseo de tenerme en lo que habitas y habita en ti—y también en mí,
y percibir la forma, angosta y alargada de la muerte, en la substancia húmeda y
dura del cristal que le sirve de vivienda,
y conocer la manera de ser y no ser como la muerte, que sabe crecer de arriba hacia abajo
—quiero descubrir por qué sentimos que nos movemos, en cuál espacio, en cuál
sitio, en cuál distancia se mueve el movimiento en la quietud,
donde busca el movimiento un ir de un lugar a otro sin necesidad de ir, y busca
realizarse en la inmovilidad y dentro de sí mismo,
como la superficie de este río y como sus aguas, discurriendo lentamente junto con nosotros,
para desembocar en el mar, para hundirnos y salvarnos de no morir por la ausencia de la muerte,
la que un instante atrás ignoraba nuestra vida,
la que viaja en ellas ahora y se aleja de nuestro lado.
¡Pasa sordo y ruidoso el río!—se desliza y salta a través de los diques,
a su estruendo se enardecen las visiones de grandes animales
que vemos cuando a solas nos desahogamos de cierta rara tristeza,
en la transparencia y en el olvido de los suspiros que el río eleva y profundiza en medio de emanaciones mefíticas,
y al silbido del aire puro que el Illimani ha filtrado,
y que sopla sobre lo turbio e impetuoso de nuestra inclinación,

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esas visiones se debaten entre suspiros y buscan en lo tumultuoso de las aguas alguna visión que las mire y suspire por ellas,
—y, mientras respiramos el extracto de este gran aire, filtrado, azul y frío,
a la hora de las sombras, con una turbadora penetración las emanaciones mefíticas nos transportan al mar,
y nos diluyen en la redondez de la tierra y en una eminencia del cielo
—yo te busco,
y con el alba y con los suspiros,
junto al claro de las estrellas se anima la ciudad
—y pasa el río, desconsoladamente y se queda.

VI

En las pródigas luces humedecidas
y en los aires de navegación de las montañas,
en las solitarias inmensidades de la limpidez y en las humaredas, al calor fugitivo
de la grave curvatura del mundo
—en las calles y en los árboles,
la lluvia refleja la callada ternura de tu visión.
Y de las tumbas un suspiro enciende perdidos y escondidos fuegos
en tu sentida imagen,
a la ascensión de aquel melancólico vaho desde las oscuridades,
que ha resquebrajado los sudarios de tus rumorosos antepasados
—y en las entrañas del agua, al compás que escucho del olvido, llueve,
y llueve y yo no te miro, en realidad puedo mirar que me miras tú,

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—¡cómo me miras!,
de unos confines, de la infancia
y de los mares profundos de la juventud
—¡me miras en el vacío y a través de la distancia,
cómo llega tu mirar, de tanta lejanía y en qué conmovida manera,
que me hace saber que yo no te miro!
—y un gran llanto me sacude al deseo de encontrarte,
y hablar contigo sobre la gratitud, sobre la primavera y la alegría
y sobre cosas tantas y diversas,
y a un tiempo te escucho—en la huella que ha quedado en mi frente, en una
sombra que roza la pared—,
te escucho hablar de todo cuanto me hace llorar
—y así respondes a lo que digo en mi corazón.

VII

Que sea larga tu permanencia bajo el fulgor de las estrellas,
yo dejo en tus manos mi tiempo
—el tiempo de la lluvia
perfumará tu presencia resplandeciente en la vegetación.
Renuncio al júbilo, renuncio a ti: eres tú el cuerpo de mi alma; quédate
—yo he transmontado el crepúsculo y la espesura, a la apacible luz de tus
ojos
y me interno en la tiniebla;
a nadie mires,
no abras la ventana. No te muevas:

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hazme saber el gesto que de tu boca difunde silenciosa la brisa;
estoy en tu memoria, hazme saber si tus manos me acarician
y si por ellas el follaje respira
—hazme saber de la lluvia que cae sobre tu escondido cuerpo,
y si la penumbra es quien lo esconde o el espíritu de la noche.
Hazme saber, perdida y desaparecida visión, qué era lo que guardaba tu mirar
—si era el ansiado y secreto don,
que mi vida esperó toda la vida a que la muerte lo recibiese.

Aniversario de una visión (1960)
 

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